Este es un texto sacado de "Mi casa de muñecas". Me gustaría que conocierais un poco a Estela.
En el baño confirmó sus sospechas: le esperaban los tres peores días del mes. Aún así, reconoció que no necesariamente era esta circunstancia la culpable de todos sus males; verdaderamente tenía que organizar su vida, y necesitaba arreglarse el pelo, pensó mientras se miraba en el espejo del baño, sentada en la taza. Lucas tenía razón en todo, menos en un detalle muy importante para ella: no fue él quien la dejó, fue al revés.
Recordó aquella tarde con toda claridad, aunque habían pasado quince años. Llevaba tiempo pensándolo, haciéndose la remolona, con la esperanza de que finalmente no fuera necesario. Pero cuando salió del baño, y lo encontró ordenando el cajón de su ropa interior, una ola fría y transparente despejó sus dudas. Y en un impulso lúcido, casi un acto reflejo, necesario para defenderse de ataques inesperados, le habló:
—No puedo seguir así, lo nuestro no funciona.
Se sintió como la protagonista de una novela rosa; jamás pensó que pondría en su boca una frase tan gastada.
—No deberías ducharte con el agua tan caliente, te está afectando al cerebro, además de ser un gasto innecesario —le contestó Lucas sin dejar su tarea de meter bragas y sujetadores, bien doblados, en el cajón.
—¿No me has oído? ¡Deja de una vez mis cajones! Lo último que deseo es que se parezcan a los tuyos! —dijo sorprendiéndose a sí misma.
—Vas a despertar a Daniel.
—Quiero dejarlo Lucas —volvió a insistir, bajando el tono de voz.
—¿A qué viene esto ahora?
—No lo sé, podría darte mil razones, pero ninguna de ellas lo explicaría. Sólo sé que eso es lo que quiero.
—Tú nunca has sabido lo que quieres.
—…
—Levántate de la cama, tienes el albornoz húmedo y la estás mojando —dijo Lucas sin mirarla mientras cerraba el cajón.
—Es mi lado de la cama, joder, ¿qué más te da?
Lo cierto es que Lucas rara vez le había hecho un reproche por su anárquica manera de organizar la casa. Era como si en el fondo estuviese agradecido de que le cediera las tareas y pudiera así demostrar, a ella, al mundo y, sobre todo, a sí mismo, que él lo hacía todo mucho mejor. Tenía su cabeza tan organizada como su entorno: nunca se olvidaba de pagar un recibo, de traer el pan, de pasar la I.T.V, de la hora del biberón de Daniel… Era puntual como el amanecer, para todo: sus citas, su hora de levantarse, de acostarse, de comer, de defecar… Y aún tenía tiempo de hacer deporte, ver sus películas favoritas o comprarle a ella un escogido regalo de cumpleaños. Era exasperadamente perfecto. Cuando quedaban citados para algún asunto burocrático que requería de la firma de los dos, él siempre tenía que esperarla un buen rato. Mientras Lucas estaba a su hora aseado, escrupulosamente peinado, afeitado y con los zapatos relucientes, Estela aparecía tarde y, si no desaliñada, mal vestida para la ocasión, sin olvidar, por supuesto, que sus zapatos no habían sido cepillados desde la última boda. Él la recibía aparentemente tranquilo y comprensivo, controlando la situación, como siempre; y ella se mostraba histérica, exponiendo sus excusas atropelladamente: un atasco, un encuentro casual, un cliente pesado… Todas ciertas.
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