viernes, 24 de septiembre de 2010

Energía


Entrada publicada por Jose C.




Imagen obtenida de Internet









Cuando piensas y observas la vida, la naturaleza, la creación, la existencia, etc., inevitablemente te cruzas constantemente con la energía. Estamos tan acostumbrados a ella que si pasas con tu pensamiento por las cosas demasiado deprisa es fácil no advertir su constante y fundamental presencia. Cuando nos alimentamos, usamos un medio de transporte, encendemos una lámpara, etc., sabemos que estamos haciendo uso de ella pero, por supuesto no nos paramos a pensarlo cada vez que ejecutamos alguno de estos cotidianos actos. Si le prestas un poco de atención recordarás que es algo maravilloso que descubriste cuando la conciencia se empezó a manifestar en ti, resultando después muy interesante apreciar su universal radio de acción, como fluye a través de todo, su gran diversidad de formas y los efectos que produce en todo lo existente. La energía es a nivel práctico la herramienta por excelencia para la creación y dependiendo de la manera de usarla, los resultados son variados. Según del nivel de conciencia, cada ser puede hacer uso de ella como crea conveniente, lo cual, en el caso del ser humano, hace posible el libre albedrío. No creo que con mi exposición sobre este tema os vaya a revelar nada nuevo, pero precisamente por su cualidad de cotidianidad creo que merece la pena darle un repaso y observar como influye en todo y así quizás cada uno pueda hacer sus particulares descubrimientos y/o recordatorios, sobre todo en el plano etéreo.

Por ejemplo, para hacer ejercicio físico se requiere energía que proviene de la alimentación del cuerpo físico, pero ¿a dónde va esta energía? Se acumula en los tejidos del cuerpo físico dándole fortaleza, consistencia y formas saludables. Pero se transforma también en una forma de energía no perceptible por los sentidos físicos que se manifiesta en la mente: sensación de relajación, vitalidad, cierta forma de poder. Y esta segunda forma de energía –al igual que la primera en su plano- nos permite hacer nuevas cosas que con anterioridad a la práctica del ejercicio no nos sentíamos capaces de hacer. Por tanto, conforme aumenta nuestro nivel de energía lo hace también nuestro poder y nuestra libertad.

Al tener una relación sexual “sana” se experimenta un flujo de energía muy especial que también se produce con otras actividades compartidas amorosamente. Es curioso como de tal acto -el sexual, llamémosle “sano”- se produce un excepcional aumento de energía en los que participan y esta energía se manifiesta en lo mental -por no hablar ya de lo espiritual- posibilitando nuevas capacidades y perspectivas sobre la vida más elevadas que antes del acto. ¿Pero de donde proviene esta energía? Lógicamente, si se está bien alimentado será más fácil encontrar este gratificante efecto –de ahí la importancia de cenar o almorzar bien antes- pero no toda la energía resultante proviene de lo físico, pues es evidente que hay un aporte extra y bastante potente que seria de tipo ¿espiritual, de conciencia……? No se, pero el caso es que existe.

En el caso de una relación con satisfacción unilateral hay una parte receptora –la beneficiada- y otra que cede su energía, quedando esta última sumida en una profunda decepción, con sus consecuentes emociones.

El aporte energético que nos proporciona el contacto con la naturaleza -que no se aprecia en la ciudad- sería otra variedad de flujo energético. No se si es posible calcular como esto afecta a las emociones positivas que se ven mermadas en ausencia de la naturaleza y su harmonioso funcionamiento, pero se puede entender que la Tierra en su estado natural funciona como un ser que es muy capaz de aportar energía mas allá de la que somos capaces de extraerle mediante las tecnologías que hemos inventado.

Hay por tanto una forma de energía que precisa un cedente y un receptor, igual que en la relación entre un huésped y un parásito, y otra forma en la que varios seres suman sus energías, obteniéndose un beneficio para todos. En este segundo caso no sale la cuenta, porque la energía resultante es mucho mayor en cuanto que esta salió de la suma de energías inferiores de ellos mismos; es decir, en el caso de dos participantes 1+1 debería sumar dos y sin embrago, suponiendo que cada uno haya doblado esa energía el resultado total sería 4; 4 de ahora – 2 de antes = 2 ¿De donde sale esta diferencia? No se, pero esto es realmente fantástico.


La forma de vida de cada cual depende de cómo canalice la energía compartida con su entorno y con qué propósito. Evidentemente no todos tenemos las mismas preferencias con respecto a la manera de hacer fluir la energía. Entre aquellos que solo saben utilizarla en el modo parásito – huésped y los que procuran unir energías para obtener la maravillosa multiplicación que a todos beneficia extraordinariamente, hay un amplísimo abanico. De todo este abanico me llama especialmente la atención la posición de la clase gobernante y sus lacayos, que nos suele demostrar de forma magistral como sustraer energía de millones de seres con consentimiento de estos o sin él. Como resultado de esta relación, los receptores de energía obtienen una posición prominente que les debe aportar una magnífica energía, a juzgar –y perdón por la expresión- por el tremendo interés que manifiestan por conseguirla.


Y aquí lo dejo ya por hoy, no vaya a ser que tenga exceso de energía y suelte todo lo que me queda en el coco, quedándome si material para próximas entradas.

Muchas gracias a tod@s, en especial a aquellos que se hayan desprendido de la energía suficiente para leer la entrada completa.

Abrazos.







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lunes, 20 de septiembre de 2010

Quinito el gitanillo




Entrada de Mercedes Pinto

A raíz de los últimos acontecimientos relacionados con los gitanos, sin entrar en cuestiones políticas, de las que ni entiendo ni quiero entender, he extraído una escena de una de mis novelas en la que, tal vez de una forma un poco simple, ilustro cómo desde pequeños somos adoctrinados en el racismo. Es una conversación entre niños, nada profunda y con un lenguaje muy básico y ligero, propio de chiquillos de seis a ocho años, pero inocente y directo.



Por supuesto, pienso que nada de lo que hay bajo el cielo pertenece a persona alguna, y por tanto nadie tiene derecho a decidir quién puede o no vivir aquí o allí. Si de algo debemos defendernos es de la maldad, que, por supuesto, no pertenece a etnia o raza alguna; ¡Ojalá fuera tan fácil y los rasgos físicos nos alertaran de que estamos ante un malhechor!


Fragmento extraído de “Estela”:


A unos trescientos metros de la calle donde vivían, en una zona olvidada del barrio, había un pequeño asentamiento gitano. A pesar de que estaba relativamente cerca del mundo (la vega, la antigua carretera, el colegio de las Agustinas, la calle de Estela y el mismo barrio), era como si no existiera, como si fuera un gran agujero que todo el mundo evitara por temor a ser tragado. También sus escasos doscientos habitantes eludían perturbar el mundo circundante. Los niños tenían prohibido acercarse allí, y claro, esto estimulaba su efervescente imaginación y se inventaban mil historias para explicar la existencia de aquel inaccesible y misterioso mundo. Estaban convencidos de que era justo en aquel lugar donde habitaban todos los monstruos de cuentos e historias que habían escuchado de sus mayores. En alguna parte tenían que vivir, ¿no?


Hacía una tarde de primavera especialmente ventosa y se habían refugiado en la choza, a la espera de que el viento les concediera una tregua. En aquel momento, se encontraban siete, tres de ellos no eran de la pandilla, pero el Canijo había sido compasivo, teniendo en cuenta lo intempestivo del tiempo, y les permitió subir. Todos alrededor de la mesa aportaban sus opiniones:


—Una vez pasé muy cerca y los vi, yo creo que casi todos son niños. Fue este invierno. Parecían viejos chicos, muy despeinados y sucios. No llevaban zapatos y jugaban en los charcos como si no tuvieran frío —aportó Falín.


—Mi hermano les lleva algunas veces la leche que nos sobra en la vaquería, pero nunca me deja acompañarlo. Estoy seguro de que allí no hay vacas y por eso son tan pobres —dijo el Canijo.


—Y no van al colegio, a lo mejor no tienen madre —habló Mamen.


—Yo creo que tienen una enfermedad muy contagiosa. Una vez oí contar a mi padre que hay un país donde a los enfermos contagiosos se los llevan fuera de la ciudad para que no les peguen su enfermedad a los demás. Por eso no van al colegio ni pueden salir de sus chabolas —dijo Silvia.


—Pues yo, una vez que vine con mi madre de casa de mi tía, que vive muy cerca de las chabolas, y era muy de noche, vi que había mucha gente alrededor de un fuego muy grande. Mi madre y yo pasamos mucho miedo y tuvimos que cruzar la explanada muy corriendo —apostilló la Pitu.


—Seguro que hacen fuego para echar a los enfermos que mueren —aclaró Silvia muy orgullosa de haber llegado a una conclusión que corroboraba su versión.


Estela escuchaba muy atenta sin decir palabra.


—En el otro lado de la autovía viven muchos más, pero esos me parece que no son tan contagiosos, porque mi madre dice que muchos de ellos venden en el mercadillo de la plaza, y ella les compra fruta y verdura, y el otro día le compró a uno media docena de calzoncillos para mí, y mi madre nunca dejaría que me pusiera unos calzoncillos de un enfermo contagioso —habló de nuevo Falín.


—Pues yo creo que esos también son contagiosos, porque algunos vendedores tienen pupas —dijo Pedrito, el hermano de Falín, que no tenía más de seis años.


—¡No es verdad! —gritó Estela—. Son niños como nosotros. —Se dio cuenta de que se había pasado y bajo el tono avergonzada.


—¿Y tú qué sabes? —preguntó Falín incrédulo.


—Lo sé. Están sucios porque no tienen cuarto de baño, sólo tienen un grifo muy grande para todos.


—¡Venga! ¡Qué tontería! ¿Un grifo para todos? —exclamó la Pitu, la más pija.


—Y encienden fuego porque no tienen luz, para hacer la comida y calentarse; pero no están enfermos, son mucho más fuertes que nosotros, ni siquiera van al médico, porque no lo necesitan. —Todos la escuchaban boquiabiertos, atónitos, aunque les había robado de un plumazo todo el esfuerzo imaginativo que habían puesto en otorgar misterio a la trama; la seguridad de sus afirmaciones les había impresionado—. Por eso pueden caminar sin zapatos, porque nunca se hacen sangre y tienen las plantas de los pies como unas suelas. También viven con ellos personas mayores, no están solos y…


—¿Quién te lo ha contado? —preguntó el Canijo.


—Conozco a uno, se llama Quinito. Es de nuestra edad… Lo he visto algunas veces al salir del colegio en el descampado y he hablado con él. Dice que está viviendo en las chabolas con sus abuelos y su hermana pequeña hasta que vuelvan sus padres. Me ha contado un montón de secretos sobre su familia y…


—No me lo creo —intervino Mamen.


—¡Es verdad! Os digo que es verdad.


—¿Qué secretos te ha contado? —preguntó Falín.


—Dice que antes vivían en otra ciudad, muy lejos de aquí; que sus padres los dejaron con los abuelos para irse a trabajar en un circo; que su padre es domador de leones y su madre hace cosas muy difíciles sobre un columpio que está muy alto…


—¡Hala! —exclamó Pedrito.


—Dice que él no es pobre y que sus padres viven en una casa muy bonita, llena de cosas como las nuestras, pero con ruedas, como un camión gigante; y que su padre le prometió cuando se marchó que volverían a recogerlos a su hermana y a él. Quinito cree que seguramente ya habrán vuelto a por ellos, pero que no los habrán encontrado porque no saben dónde están, que una gente muy mala los echó de la otra ciudad donde vivían y, claro, si sus padres han ido allí a buscarlos… Pasa mucho tiempo recogiendo chatarra para venderla y que su abuela pueda comprar comida. Cuando termina su trabajo se sienta al otro lado de la autovía a esperar a su padre, porque está seguro de que lo está buscando y muy pronto pasará por allí y él lo verá, porque su casa tiene el dibujo de un gran león pintado y él lo verá pasar seguro.


—Entonces ¿no va al colegio? —preguntó el Canijo.


—No, como tiene que trabajar…


—¡Qué suerte!


—Pues yo prefiero ir al colegio y aprender que estar todo el día buscando chatarra entre la basura, ¡qué asco! —exclamó la Pitu—. ¡¿No sabe leer ni escribir?!


—¡Jo!, sí que tiene suerte. A mí, cuando sea mayor, me gustaría ser domador de leones, he visto a uno en la tele y es un trabajo muy chuli —dijo Pedrito.


—Tú quieres ser de todo, ayer querías ser bombero —protestó el hermano mayor de Pedrito.


—Pues sí, ¿qué pasa?


—Yo he estado en su casa —volvió a hablar Esti; su historia estaba causando tal expectación que no se resistió a contar lo inconfesable.


—¡Esti! ¿Has estado en las chabolas? Como se enteren tus padres verás —le recordó Mamen.


—No-pa-sa-na-da, se lo he dicho a mi abuelo.







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