| Crédito fotográfico: Ángeles Hernández |
Llevo varios meses en otro lugar. Quiero volver a casa de una vez por todas y que mi hija, que se llama igual que una loca que anda por aquí, pero que yo sé que no es mi hija, sino otra con el mismo nombre que ¡Dios sabe qué querrá!, vuelva a visitarme y a comerse esas bolitas doradas por fuera y blancas por dentro…¿cómo se llaman? , sí hombre, ésas que hay que freír en un líquido espeso muy caliente… que tanto le gustaban. Que venga la que yo parí y se vaya esta tonta que me tiene hasta las narices con tantas pastillas, metiéndome en un tubo para que me vean la cabeza, y que mañana me quiere llevar a la capital a no se qué especialista. No pienso ir, ya estoy harta, que vaya ella.
Porque ahora me tienen en un piso grande donde no encuentro nada, en el que las cosas desaparecen -seguro que me las quitan las que vienen a lavar a mi marido y a pasearlo-. Aunque, bien pensado, el anciano que vive conmigo tampoco debe ser mi hombre; el mío es fuerte como los árboles duros que había en mi pueblo y sonríe constantemente. Éste, que se le parece un poco (calvo, con nariz griega), y que se pasa el día sentado y mirando al suelo, no tiene nada que ver con el que me casé.
Ayer sí, ayer estuve en mi hogar. Vino un chico muy simpático a cenar –pobrecillo, si aquí ahora ya no hay comida, debió irse muerto de hambre- . Seguramente porque la mesa estaba casi vacía, se dedicó a pasear por todas las habitaciones y me llamó para preguntarme por los cientos de cuadros que hay colgados de las paredes. Y eran los míos, los que pinté a los catorce años en el colegio de las monjas, cuando le dijeron a mi padre que se me daba bien el dibujo y que sería bueno que me apuntara –pagando- al taller de pintura: los cartones a carboncillo y pastel con barcas en el río y cielos tristes, los de flores de colores y el grande, el que tiene dos niños con un un burrito, enmarcado por una greca que también hice yo misma. Reconocí otros más modernos que compuse cuando nos vinimos a vivir aquí y, ya de casada, recuperé la afición: mis bodegones de frutas, perdices, conejos, jarras de vino y pan antiguo; los paisajes enormes para llenar la pared y el de los ciervos saltando que siempre fue el preferido de mi marido. Ese joven y yo los miramos todos, uno a uno. Su interés al preguntar detalles, su mirada encandilada por la finura de las composiciones y los alegres colores, me devolvieron a mi ser. Volví a sentirme contenta, dicharachera, simpática, espabilada y no paraba de contarle, sin ninguna dificultad para encontrar las palabras adecuadas, los porqués, cuándos o cómos de cada una de mis pinturas. No sé cuánto tiempo estuvimos disfrutando del recorrido, pero su entusiasmo por lo que un día estas manos fueron capaces de hacer y esta cabeza capaz de concebir, me devolvieron al lugar en el que siempre he querido estar: mi hogar durante cincuenta años, en el que nacieron mis hijos, en el que los educamos, en el que mi marido, que era nuestro sosten, trabajaba mucho mucho mientras le esperaba pintando, cocinando o cosiendo, en el que fuimos felices y yo era la reina de las croquetas. Pero el chico simpático y con ojos muy abiertos se fue, y sin su sonrisa acogedora vuelvo a estar perdida.
De nuevo no soy yo, otra persona más torpe, a la que no le salen las palabras ni conoce a nadie de los que la acompañan, ocupa mi ser. ¿Dónde me habré ido? Sigo con la esperanza de que el milagro, en el que alguien miró mis pinturas y se interesó verdaderamente por ellas, pueda volver a suceder. A ver si esta vez ya es para siempre y empiezo a ocuparme de mí misma y de los míos; pero de los míos de verdad, no de esos fantoches que me rodean, que no me entienden y a los que no entiendo.
Por cierto, ¿cómo llegaría hasta aquí? ¿Cómo llegaría hasta mí? Mejor no tratar de investigar. ¿Para qué si al fin y al cabo ni soy nadie ni lo son ninguna de las personas y cosas que me acompañan en este lugar que tampoco es nada? ¿Será que ya estoy muerta? Muerta, o al menos desaparecida, está la que lleva mi nombre, en la que no me reconozco. De todas formas, me hace ilusión pensar que ayer Dios me hizo un regalo y durante unas horas me envió a un ángel. Un ángel disfrazado de hombre que, con la mirada de sus ojos abiertos como platos y el entusiasmo de su atención, me hizo volverá ser YO. Puestos a elucubrar ¿por qué no? Mi teoría es tan válida como cualquier otra y a mí me hace feliz.
